12.29.07
Una propuesta para la cultura libre.
Con un poco de retraso publicamos esta propuesta por la cultura libre, extracto de un artículo publicado en un periódico muy europeo.
¿Pero qué es el trabajo individual? En todas las obras en las que participan de inmediato la fuerza y la habilidad corporal del hombre, o sea en cuanto se denomina la producción material, resalta la impotencia del trabajo aislado de un hombre solo, por poderoso y hábil que sea, por no tener nunca bastante fuerza como para luchar contra el trabajo colectivo de muchos hombres asociados y bien organizados. Lo que en la industria se llama actualmente trabajo individual no es sino la explotación del trabajo colectivo de los obreros por unos individuos, detentadores privilegiados sea del capital, sea de la ciencia. Pero en cuanto deje de existir esa explotación - y los burgueses socialistas aseguran por lo menos que quieren este fin, tanto como nosotros - ya no podrá haber en la industria otro trabajo que el trabajo colectivo, ni por tanto tampoco otra propiedad que la propiedad colectiva.
El trabajo individual ya no será pues posible sino en la producción intelectual, en las obras del espíritu. ¡Y aún! ¿Acaso el espíritu del mayor genio de la tierra no es siempre el producto del trabajo colectivo, intelectual tanto como industrial, de todas las generaciones pasadas y presentes? Para convencerse de ello, imaginemos al mismo genio, trasladado desde su más tierna infancia a una isla desierta. Suponiendo que no se muera de hambre, ¿qué será de él? Un animal, un zafio que ni siquiera sabría pronunciar una palabra y que por consiguiente nunca habría pensado. Trasladémosle a la edad de diez años, ¿qué será unos años más tarde? Un bruto otra vez, que habrá perdido el hábito de la palabra y que sólo habrá conservado de su humanidad pasada un vago instinto. Trasladémosle por fin a la edad de veinte años, treinta años, tras diez, quince, veinte años de distancia, se volverá estúpido. ¡Quizás inventará alguna nueva religión!
¿Qué prueba esto? Ello demuestra que el hombre más dotado por la naturaleza sólo recibe de ésta unas facultades, pero que dichas facultades permanecen muertas, si no están fertilizadas por la acción benefactora y poderosa de la colectividad. Diremos más: cuanto más aventajado está un ser humano por la naturaleza, más toma de la colectividad; de ahí resulta que debe devolverle más, con justicia.
Sin embargo, reconocemos de buen grado que si bien gran parte de las obras intelectuales puede realizarse mejor y más de prisa colectivamente que individualmente, otras exigen una labor aislada. ¿Pero qué pretendemos concluir con esto? ¿Acaso las obras aisladas del genio o del talento, por ser más escasas, valiosas y más útiles que la de los trabajadores ordinarios, deben retribuirse mejor que las de éstos? ¿Y sobre qué base, por favor? ¿Acaso estas obras son más penosas que las obras manuales? Al contrario, éstas son sin comparación más penosas. El trabajo intelectual es un trabajo atractivo que lleva su premio en sí mismo, y no necesita otra retribución. Encuentra otra aún en la estima y en el reconocimiento de los contemporáneos, en la luz que les aporta y en el bien que les proporciona. A ustedes que tan poderosamente cultivan el ideal, señores socialistas burgueses, ¿no les parece que este galardón vale tanto como otro, o prefieren una remuneración más sólida en dinero muy sonante?
Por otra parte, tendrían muchas dificultades si tuvieran que establecer el índice de los productos intelectuales del genio. Son, como Proudhon lo observó muy bien, valores inconmensurables: no cuestan nada, o cuestan millones… ¿Pero entienden ustedes que con este sistema, tendrán que apresurarse por abolir cuanto antes el derecho de herencia? Porque tendrán los hijos de los hombres con genio o de gran talento que, de lo contrario, heredarán de millones o centenas de miles francos. Y hay que agregar que estos jóvenes, ya sea por el efecto de una ley natural todavía desconocida, ya sea por el efecto de la posición privilegiada que les brindó la obra de sus padres, suelen ser por lo común gente con mente muy ordinaria y a menudo incluso personas muy tontas. Y entonces ¿qué será de esta justicia distributiva de que les gusta tanto hablar, y en nombre de la cual nos están combatiendo? ¿Cómo se llevará a cabo esta igualdad que nos prometen?
Nos parece evidente con todo ello que las obras aisladas de la inteligencia individual, todas las obras del espíritu, en tanto que invención, no en tanto que aplicación, deben ser obras gratuitas. ¿Pero entonces de que vivirán los hombres de talento, los hombres de genio? ¡Por Dios! Vivirán de su trabajo manual y colectivo como los demás. ¡Cómo! ¿Usted quiere obligar las grandes inteligencias a un trabajo manual, al igual que las inteligencias más inferiores?
Sí, lo queremos, y por dos motivos. El primero, es que estamos convencidos que las grandes inteligencias, lejos de perder algo, ganarán al contrario mucho en salud de cuerpo y en vigor de mente, y sobre todo en espíritu de solidaridad y de justicia. El segundo, es que es el único medio de levantar y humanizar el trabajo manual, estableciendo con eso mismo una igualdad real entre los hombres.
(L’Egalité, n° 26, 17 de julio de 1869)


